Por: Nivardo
G. Alarcón Zambrano
Gran
maestro carpintero y ebanista acobambino, son para Don Cancio, títulos
atribuibles de entrada.
Vivía allá por los años cincuentas -del
siglo pasado- en Mamapatianan, más o menos a mitad de la plazoleta de
pronunciada pendiente.
Llamaba la
atención, su aire distinguido cual si fuese elegante diplomático de viejo cuño.
Don Cancio era así; lucía orgullosamente su descomunal cavidad craneana
totalmente calva, continuación de su ancho y fruncido entrecejo, en singular
contraste a su muy tupida y bien cuidada luenga barba canosa, como
compensatoria melena delantera en constante avance, invadiendo parte de su
tamaño pectoral.
No menos
visible en Don Cancio, era otra de sus apariencias -también contradictoria- en
que una impresión de primera vista lo mostraba como un hombre aburrido, serio,
grave, muy molesto; mas, al discurrir los minutos y ya entrando al trato
directo, la realidad reivindicaba la imagen formada, patentizando antes bien,
la expresión de una gran amabilidad hacia sus clientes y demás circunstantes,
todos, colmados de principio a fin con derroche de generosidad y multiplicación
de atenciones.
Parco en el
hablar, soltaba sin embargo de cuando en vez, irónicas ocurrencias salpicadas
de segunda intención; hecho que sus contertulios lo festejaban entusiastamente,
motivándolo además, a lanzar burlas mayores seguidas de estrepitosas
carcajadas; trastrocándose la actitud de Don Cancio, por momentos, y solo por
breves momentos, de callado anfitrión en locuaz zumbón.
En la misma casa, de su residencia
habitual, tenía instalado el hábil carpintero un taller bien montado; costo
indubitable de años de batalla sin tregua.
El tiempo que
hubo dedicado sin desmayo a plasmar el ideal de su vocación, rayaba en la
devota persistencia de llegar a bien logradas obras. Atendía gustoso, toda
clase de trabajos inherentes a su oficio: mesas grandes, medianas o pequeñas;
igual sillas. Resaltaban sus creativos muebles de sala, comedor y dormitorio;
también andamios, estantes de libros, escritorios, perchas de pared,
sombrereros de esquina, biombos, y en fin todo, hasta boleros y trompos de
juego de los muchachos. Nada de su especialidad le era ajeno.
Además de las
actividades manuales que realizaba el maestro Cancio, se incluye otra distinta;
la misma que por testimonio de madres lactantes, tratadas y asistidas que,
habían sido por el buen Cancio, se llega a saber de él, su pericia en amamantar,
es decir, de desatascar pezones femeninos en casos de emergencia,
exclusivamente a falta comprobada, de profesional médico o personal competente
en atender malestares de salud, y en el caso específico -en comentario- el
tratamiento de obstrucción del conducto mamario por abundante producción de
leche materna, que de acuerdo a las diferentes versiones en el tapete,
sobrepasaba exigencias de succión normal, de manera tal, que los residuos no
expelidos debidamente ocasionaban en dicho órgano femenino, acumulación de
elementos lácteos. Delicado estado que no pocas mujeres sufrían -según propia
declaración- soportando molestias dolorosas.
Acción "sui generis" de un
ser maduro, de intervenir por increíble que parezca, aliviando males femeninos
en penosa situación. Y, pues, vaivenes de vida humana: A sacrificio de
progenitora; alternativa menguadora.
Cuando Cancio
Flores salía a las calles en pos de sus compras de materiales y otros
menesteres, en el trayecto recibía el saludo de las gentes; saludos afectuosos
y cordiales en general, que iban casi siempre con el tratamiento respetuoso de
"Don Cancio buenos días", "Don Cancio cómo está Ud.? "
"Don Cancio ….. …..”. Pero, en su recorrido no faltaba el encuentro con
ciertos palomillas, que entrelazando picardía y burla le endilgaban el
apelativo de "barbón"; también "viejo mamón", y algunos,
riendo, le gritaban "barbón, come pezón". Y, como una particularidad
más, del susodicho “Don ….." el cumplido de los primeros los asentía
mirándolos de frente seguido de venias a uno y otro lado; a los segundos, como
respuesta, apenas un gesto de reojo, y sin inmutarse, continuaba tranquilamente
su caminar pasmoso, un poco rengueante; no obstante ello, muy seguro de sus
pasos.
Para un recuento
más amplio de las peculiaridades de este
personaje pintoresco, que aquí, precariamente ocupa líneas al vuelo; cabría
acaso la convocatoria a una "mesa redonda" que descorra diseminados
pormenores de un entretenido anecdotario.